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[3] Sobre pertenecer y lo díficil que es volver a lo que un día llamamos hogar

  • Writer: M.
    M.
  • Jan 2
  • 3 min read

(aquí te leo el artículo)


Para hablar de esto tengo que, antes, hablar de demasiadas cosas.


Como que, por ejemplo, empiezo a escribir este artículo porque me acordé, por un lado, que tengo esta página (y que estaba caída) y, por otro, de lo que sentí cuando volví a lo que, un día, con tanto orgullo, llamaba mi ciudad.


Cali.


La ciudad donde conseguí amigos que son familia.La ciudad donde tuve más amigos de los que pensé que podía contar con la mano.

La ciudad donde tenía planes jueves, viernes, sábado, domingo —y así—.

La ciudad donde fui alguien.

Era alguien.


Hasta que me fui.


La ciudad donde creé definiciones en mi cabeza de los estereotipos que observamos en otros, y luego en nosotros.


Cómo una relación debería funcionar.

Lo que las amistades representan.

Quién es quién.

El círculo social de alguien.

La psicología detrás de los chismes.

La lógica detrás de una “conversación exitosa”.


Decir que esto es el hoy por hoy es mentir.

Así fue como la dejé en 2019.


¿Qué carajos fue lo que pasó?

¿Dónde está este lenguaje que yo misma desarrollé, que ya no encuentro?


Tengo la realización de algo que temía: vuelvo y parece como si ya no hablara el mismo idioma.


Veo gente que era mi gente.

¿Por qué siento que ya no pertenezco?


¿Será que fue porque dejé de venir por tantos años? ¿Será que fue porque dejé de alimentar la relación? ¿Será que después de la muerte de mi hermano todo cambió en mí, y mi nueva versión ya no conecta igual que antes? ¿Crecí? ¿Ellos quedaron iguales? ¿Ellos cambiaron y yo me quedé igual? ¿Fueron los libros? ¿Será que me cambiaron tanto que ahora ya no hay vuelta atrás?


¿Por qué la niña que soy hoy quiere volver a ser la niña que era cuando tenía 18 años?

¿Es eso posible?


Quiero aclarar que todas estas preguntas vinieron a mi cabeza en mitad de una fiesta. A las 2 de la mañana.


Pocas veces me había sentido tan incómoda sobre volver, sobre hablar, sobre saludar.

Es como si mi cuerpo hubiese dejado de recordar.

Como si una persona nueva llegara a habitar este cuerpo que, para mi sorpresa, todavía me corresponde.


Algo que sí sé es que George Orwell me entiende cuando dice: “Quizás uno no quería tanto ser amado como comprendido”.


Que Sylvia Plath, en su higuera, también lo hace: imagina un árbol cargado de posibilidades —una familia, una carrera, la vida de una poeta célebre, y tantas otras— y sugiere que la incapacidad de elegir condena al árbol a marchitarse.



¿Qué pasa cuando uno toma decisiones sin ser consciente?

Me fui, sin saber que al volver nada iba a ser igual.

Yo. No. Iba. A. Ser. Igual.


Dostoievski, en su libro Memorias del subsuelo, menciona la consciencia como una razón de la infelicidad.


¿Pero cómo puede la consciencia servir como herramienta de introspección para lograr todo lo contrario?


No soy igual.


¿Cómo voy a serlo si se me abrió un mundo desconocido por medio de libros, amistades nuevas, el suicidio de mi hermano y la enfermedad de mi mamá?


¿Cómo pretendo ser la misma persona?

¿Por qué vengo de nuevo a lo que llamé hogar, pretendiendo ser una versión que ya no existe? ¿Pensando que por ser físicamente igual, voy a caber en el mismo hueco, en el mismo cuerpo?


Cuesta mucho entender la realidad.

Cuesta mucho darse cuenta de que este es un tema de ego.


Sentir que uno pertenece, en mi caso, es un tema de ego.

Sentirme querida, protegida, rodeada.


Me cuesta, hasta el día de hoy, darme cuenta de que esta es una de las realizaciones más gratificantes.


He cambiado tanto que ya no me reconozco. Esto significa evolución.

Pretender que el lugar sea igual posterior a una evolución es lo mismo que pretender que la ropa que usabas cuando tenías 7 años le entre al cuerpo de una de 29.

Que alguien te quiera implica que te entiende.

Que yo me quiera implica que me entiendo.


Y sí, está bien la realización de un plan para volver a sentirnos cercanos a lo q}ue fuimos.

Está bien escribirle a los que fueron nuestros amigos.

Está bien tener que estar en situaciones donde la incomodidad supera la ficción.

Está bien, darnos cuenta que, ya no queremos lo que antes queríamos.


Que no se te olvide que esto solo significa una cosa: evolución.

No estamos tarde.


La consciencia, en nuestro caso, es fuente de felicidad porque nos permite actuar.


Querernos, independientemente de que ya no nos consideremos pertenecedores.

Entendernos, al estar en cambio constante.

Dejarnos ser en un mundo donde nadie es.


El 2026 es el año de la autenticidad.

De la consciencia fructífera.

Y de saber que el crecimiento, más allá de tener que resignificar constantemente todo, al final del día, sigue siendo crecimiento.



Quien quiera venir,

bienvenido.



2 Comments


thinkermail
Feb 16

Excelente reflexión, ojala vengan más. Uno no puede hablar de lo que no conoce, por eso hay que tratar de conocer más. Cuando eso pasa, se abren nuevas posibilidades, y el mundo cambia. No porque lo anterior estuviera mal, sino porque ahora el mundo se ha expandido y con ello también crece nuestra visión. Por eso siempre me ha gustado viajar: en los libros , en los países y en las ideas locas que nadie parece concebir. Y asi como estos viajes pueden hacer más chiquito nuestro pasado, tambien lo pueden enaltecer. Cali sigue siendo una parte importante en ti que no va desaparecer, pero dejó de ser tu único universo.

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Dante
Dante
Jan 10

Es la materialización de la metáfora de Teseo y su barca. Darwin y su evolución... Hasta Kafka y su metamorfosis en lugar de insectos evolucionamos en cuerpo mente y alma, nuestra dichosa triple entente sinopsis de la vida etérea, Bella sin Igual.

Por Último y Más Importante Aún Remember How Are You

Te deseo un Farabulloso día, la mejor salud de esta vida y la materialización de tus anhelos más cálidos emandos de tu ser en el Universo.


333


D.S.

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